Caldera ilustrado… Por: Luis Barragán

Hemos buscado infructuosamente, la primera ilustración que se hizo de Rafael Caldera en la prensa venezolana, incluyendo a los medios que lo adversaron tempranamente. Por ejemplo, revisamos la colección de Fantoches (Caracas), entre octubre de 1937 y febrero de 1938, faltando algunas ediciones de la cuidadosa encuadernación de la hemeroteca de la Academia Nacional de la Historia, presumiendo que la célebre reacción de los uneístas frente a  Leoncio Martínez (Leo) tuvo por origen el trazo, pero – hasta ahora – luce seguro un texto que tuvo por epicentro el término “efebo”.

La referencia humorística, por cierto, no necesariamente asociada a las ilustraciones (voz que preferimos antes que caricaturas), contó con una magnífica y generosa veta en el yaracuyano y, un primer vistazo a la vieja prensa, revela las naturales etapas en las que reflejaron su personalidad. Propio del oficio, las hay definitivamente figurativas y, otras, más abstractas, dependiendo – por supuesto – de aquellos elementos que lo emblematizaron, según la polémica política en boga.

Sostenemos, a pesar de nuestra escasa pericia en la materia, que las ilustraciones más interesantes toman determinados rasgos físicos del personaje, subrayándolos para generar un símbolo que prontamente lo identifique; las alusiones con las que éste destaca en la palestra pública, ubicándolo rápidamente según la intensidad del debate; o las frases que acuñó, popularizándolas. A modo de ilustración, respectivamente, la cabellera engominada, ordenada y brillante, fue un rasgo a resaltar;  las cien mil casas por año, promesa electoral de 1968, facilitó el motivo gráfico del caso; o el celebérrimo “!vamos a echarle pichón!” de un orador que también fue individuo de número de a Academia Nacional de la Lengua.

Respecto al trazo, no suele cotizarse el meramente figurativo, sino el creador de una simplificación o saturación de líneas, capaz de transmitir la opinión del ilustrador que, como buen sismógrafo, ha de palpar el momento político con fidelidad. Los hubo ensayando una estampa estilizada, frente a otros que, en pocas líneas, paradójicamente facilitaban su rápida identificación, o, en muchas, agazapando las arrugas faciales, advertían un Caldera contrastante – obvio – con una juventud, en la que, además, nos antojamos, resaltaban sus grandes y lozanas mejillas. Sin embargo, deseamos resaltar dos ilustraciones que nos remiten a la famosa, como exitosa, fotografía de la aludida campaña, con la mitad iluminada del rostro.

En una de ellas, a Eduardo Robles Piquer (RAS) le bastó trazar la cabellera y la quijada para remitirnos a la lejana juventud (El Nacional, Caracas, 25/09/1979); y, en otra, Peli ahorró sus habitualmente profusas líneas para recordarnos la vejez (Economía Hoy, Caracas, 17/10/1996). Quizá involuntariamente, ambas nos llevan a la cara con la que definitivamente se familiarizó la población, al compás del primer triunfo presidencial, e – independientemente de cualesquiera otras interpretaciones simbólicas – alimentan la hipótesis que, en una tertulia pasajera, alguien asomó: la punta de un iceberg de sapiencia y experiencia, pues, así se tratara de un adversario, Caldera inspiraba respeto por sus genuinas credenciales académicas al – apenas – gesticular algunas palabras.

Hipótesis que nos conduce a una convicción, ya que – como lo comentamos recientemente Marcos Fuenmayor Contreras y el suscrito – hubo referentes políticos demasiados importantes en los elencos de décadas anteriores, frente a los cuales se podía disentir, mas nunca desconocer el calibre ético e intelectual que ostentaban. He acá una diferencia nada pasajera entre los viejos y nuevos elencos, ahora demasiados contaminados por el fenómeno mediático.

Necesaria acotación, militamos en el partido que liderizó Rafael Caldera, reconocida y respetada su autoridad moral, ideológica y política. Muy pocas veces, quizá dos, tuvimos oportunidad de conversar con él en forma privada, en medio de las coincidencias y discrepancias que suscitaba, pues tampoco pertenecimos a la tradición calderista en el ámbito interno de la organización, algo que va más allá de lo que se concibe como corriente o tendencia.

Lejos de constituir una ofensa,  habla del reconocimiento acaso más auténtico hacia un referente político fundamental en nuestra historia contemporánea. Por ello, aceptamos la generosa invitación que nos hiciera Sara Lizarraga para integrar la Comisión Centenaria que ha articulado con mucho y ejemplar esfuerzo, porque – en definitiva – se trata del sembrador de un ideario en Venezuela que todavía se mantiene esencialmente en pie, aunque sean otros los escenarios que hoy nos ayudan a defenderlo y a actualizarlo, sin temor al siglo XXI que nos tiene por inquilinos.

@LuisBarraganJ

 

 

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