Habla el presidente

Autor: Nelson Hamana H.

Se trataba de un programa semanal que era transmitido de manera directa desde uno de los salones del Palacio de Miraflores en cada ocasión correspondía a una estación de televisión diferente asumir el traslado de los equipos para la transmisión directa y para la grabación, el cual era reproducido por las demás estaciones de acuerdo a su conveniencia. En ningún caso se trataba de una cadena y podía ser evadida por el ciudadano, quien optaba por escucharla o no, ya que en el horario en la que uno la transmitía los demás canales mantenían su programación ordinaria.

Las estaciones no comprometidas con la transmisión directa, anunciaban libremente el momento en el que iban a insertar la información dentro de lo que hoy se llama parrilla de programación.

Hasta ese momento, las alocuciones presidenciales obedecían a dos razones, o eran protocolares, u obedecían a situaciones de excepción. En ambos casos comprometían a todo el sistema de comunicación radioeléctrica y erizaba los pelos cuando se anunciaba la transmisión conjunta porque a menos que ocurriera en una conmemoración de los festejos patrios, generalmente obedecían a una situación crítica. El estilo habitual para informar era el de las notas de prensa o el de las entrevistas en programas de opinión, donde nunca aparecía el Presidente, quien era relegado a la condición de talismán que solo se sentía obligado en las situaciones milagrosas.

La duración era fija, comenzaba con una introducción que ocupaba la mitad o menos del tiempo y luego comenzaba la participación de la prensa, donde es probable que hubiera selección, como ocurre en cualquier evento serio.

El Ministro Rodolfo José Cárdenas, anunciaba el turno del periodista que debía intervenir, los que eran escogidos, hacían su pregunta de viva voz y el presidente, igualmente en un tiempo estipulado, daba su repuesta. En general era bastante estable el número de participantes.

Las repuestas del Presidente eran cordiales, correctas y precisas, hablaba del tema y de las razones que habían fundado las decisiones, las actuaciones o las inhibiciones, en ningún caso iniciaba una polémica y debe reconocerse que la prensa de entonces no era pugnaz y no fundaba en el agravio, la especulación o la insidia el valor de su información. Se trataba de un Mandatario correcto frente a una Prensa correcta.

A pesar de su buena educación, fue severo ante lo que consideró tendencioso, falso o exagerado y no vaciló en enfrentarse a las pretensiones, sobre todo de la prensa escrita, para constituir un poder alternativo que condicionara las decisiones del ejecutivo, no obstante esta situación fue la excepción y el flujo de información fue siempre mesurado, correcto e intentó ser lo más eficiente posible.

A pesar de que entonces se hizo burla de esta costumbre, en particular por la poca presencia de los miembros del gabinete en las ruedas de prensa, no recuerdo que se postergara o se menoscabara la actuación de los Ministros, quienes fueron hombres dedicados, leales y eficientes y que fueron profesionales exitosos o políticos avezados que no dudaron en ponerse al servicio del país, a pesar de que en muchos casos venían de las Cátedras Universitarias.

Este esbozo descriptivo, pretende remozar unos recuerdos que parecen evadirse con facilidad de la memoria colectiva, pero tuvieron entonces y mantienen ahora un significado crucial que cambió la manera de relacionarse el Presidente de la República con los que entonces eran ciudadanos personales y ahora soportan el anonimato de llamarse “pueblo”.

En esas entrevistas, el Presidente de la República asumía su trabajo como un evento cotidiano, corriente, como una responsabilidad que le han encomendado sus gobernados y asumiendo que tiene la obligación de informar y dar razón de todo lo que hace.

Por otra parte, de esta manera asumía de manera personal y directa los actos de gobierno, delegando las tareas en su gabinete, pero manteniendo la información de todos los acontecimientos relevantes para expresar ese compromiso y esa responsabilidad que debían recaer directamente sobre sus hombros y de cuya ejecución y consecuencias, respondía él y no otro, ya que al fin y al cabo él elegía sus colaboradores y cualquier cosa que hicieran era su responsabilidad y no debía evadirla.

Fue la manera de gobernar de cara a los ciudadanos, serio y responsable, mostrando una erudición y una sabiduría puestas al servicio de los demás y no para enaltecer su vanidad

No había ni sobresaltos ni sorpresas, no había temores. Hablaba el Presidente, Rafael Caldera desaparecía detrás de sus responsabilidades, no tuvo que anunciar en ningún momento la conjuración de un Golpe de Estado y si tuvo alguna situación amarga con un alto jerarca de las Fuerzas Armadas, no pasó de ser una incomodidad personal que no comprometió a ninguna Institución y que fue resuelta con el ejercicio de la autoridad y no con un enfrentamiento, demostrando que por un lado van los méritos militares y por el otro las necesidades administrativas que establece el compromiso del Ejecutivo con las Fuerzas Armadas y con la Nación.

Fue la manera de demostrar con claridad a quien servía, no quien mandaba, fue también la manera de hacer patente su compromiso Cristiano, en una vocación de servicio donde se arriesgaba todo como persona individual, pero sin dañar a los gobernados.

No había intento de publicitar ni a su persona, ni a su sistema de gobierno, no había un intento de adoctrinar más allá de lo que pudiera mostrar su testimonio, no era una perorata que intentara cambiar conceptos ni sentimientos, generaba por supuesto posturas y reacciones, que se consideraban entonces normales y nadie fue reprimido ni agredido por discrepar, no recuerdo una sola descalificación de instituciones, hechos o personas y nunca pretendió que su trabajo era el de un ser superior, solo mostraba su convicción, su seriedad y su compromiso, no era humorista ni payaso, en sus intervenciones era muy formal y nunca quiso ocultarlo, mantener las referencias era su manera de hacer fáciles las cosas.

Fue otra manera de defender la paz, fue otra manera de normalizar la vida cotidiana, haciendo que el gobernar fuera un auxilio y no un trastorno del acontecer diario. En esta idea se orienta el libro de H. Gadamer, médico y filósofo francés de tiempos recientes: “El Estado Oculto de la Salud”, lo normal se disuelve en la vida corriente, no se nota, porque debe ser lo habitual lo que se puede incorporar a la manera de vivir. En Suiza, donde los acontecimientos políticos son asimilados a los intereses de las personas, es probable que nadie sepa cómo se llama el Presidente de la Confederación Suiza, pero es seguro que si conocen al dedillo los nombres de sus autoridades cantonales, las cuales son las que influyen en su vida corriente.

Cuando Caldera informaba, estaba convirtiendo al acto de gobernar en algo accesible, estaba asumiendo la administración de los bienes públicos y cuando lo hacía de esa manera, significaba que delegaba las actuaciones, pero asumía las responsabilidades.

Fue siempre un gran intento pedagógico, más no proselitista, el no intentó cambiar a la gente para poder gobernarla, el asumió a los venezolanos tal como eran y los quiso hacer participar, no mediante un asambleismo manipulador y aclamador, sino escuchándolos a través de sus instituciones naturales organizadas, los medios de comunicación.

En Habla el Presidente se hacía presente el Caldera Maestro que ocultaba al Político, el Hombre del Poder era atenuado por el Hombre del Servicio.

Fue un instrumento que bien utilizado generó una cultura política, pero que por desgracia no fue asumido con toda su significación en el devenir de nuestra ahora triste historia y se instrumentalizó, para convertirla en un medio de seducción que no ayuda a los ciudadanos a encontrar sus propios caminos de progreso sino por el contrario busca un control no ya de la inteligencia, sino de los corazones.

Los instrumentos modernos de la comunicación de masas, bien utilizados son una bendición y testimonio de ello son Juan Pablo II y Francisco I, quienes desde El Vaticano logran, si no cambiar al mundo, al menos hacen sangrar sus llagas. Mal utilizados son una debacle, de la cual es testimonio Carlos Andrés Pérez, quien al asumir la conjura del golpe de Estado renunció a la Sede del Poder, o a la Casa PresidenciaL, donde su familia estaba amenazada de muerte. Mantenerse en los ambientes naturales hubiera hecho patente la derrota de la conjura y no mostrar la debilidad que le permitió al Congreso Nacional consumar la legitimación del intento de Golpe de Estado, sacándolo de la Presidencia.

La presencia del gobernante de cara al país ha mostrado en el tiempo ser un eficiente instrumento político, para bien y para mal. Caldera lo usó para cumplir con sus deberes de gobernante demócrata, pero en nuestra historia reciente ha sido convertida en el monstruo que nos atormenta desde una concepción mediocre y manipuladora del Poder.

Caldera fue un demócrata cabal, sus convicciones no se modelaron en su manera de informar al país, no utilizó ni a los medios ni a los ciudadanos como instrumentos de sus ambiciones, fue solo una vocación de servicio.

Hay que hacer justicia.

Nelson Hamana H.

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